San Lorenzo en las horas de la siesta, promediando los ´70. Doña Irma se desliza por la casa al son de alguna salsa, de una plena o de una bomba puertorriqueña. Entonces invita a bailar con ella al tercero de sus cinco hijos, su aprendiz embelesado. El pequeño apoya su cabeza en las caderas de su madre y se deja llevar por el ritmo, respirando el perfume de la maestra borícua que se mezcla con aromas de habichuelas, del arroz y el bistec encebollado.
Una escena caribeña que proyectan los relatos de Chayanne (38) cuando intenta justificar su presente consecuente de esa diaria influencia. “Mamá fue mi primera maestra, no sólo en el colegio, sino en la vida. Fue un ejemplo de mujer de quien aprendí el valor de la humildad, a soltar sin prejuicios mi pasión artística y a tratar a las chicas como deben hacerlo los buenos caballeros”. Las bases de una influencia que determinó el éxito de una carrera, y los tópicos de un diálogo que golpeó a las puertas de la intimidad de Elmer Figueroa Arce.
